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El movimiento anti-violación de los 1970 no surgió de la nada. Como todos los cambios significativos en la evolución de la historia humana, el movimiento anti-violación es, por un lado, una manifestación del progreso gradual de una cultura en evolución y, al mismo tiempo, un cambio notable en las normas, morales y creencias predominantes de dicha cultura.

La palabra “rape” (violación, en inglés) se deriva del latín rapere, que significa “robar, raptar o llevar”. El rapto y la violación eran métodos aceptables para conseguir esposa durante los primeros años de la historia y, en algunas culturas, esto sigue sucediendo. Tener propiedades y obtener riquezas se consideraban símbolos de hombría. Este sentido de apropiación giraba en torno a posesiones y, sin esposa, el linaje del hombre acabaría. De acuerdo con Susan Brownmiller en Against Our Will, “los conceptos de jerarquía, esclavitud y propiedad privada surgieron y únicamente pudieron basarse en el sometimiento inicial de las mujeres”1.

A lo largo de gran parte de la historia, la violación no era vista como un delito porque a las mujeres se les consideraba como una propiedad y, por ende, no tenían derechos. Al igual que al apropiarse de las tierras, los hombres se adueñaban de las mujeres como un acto de agresión; una afirmación de su fuerza y masculinidad. En la mayoría de las culturas, los matrimonios eran arreglados cuando el novio compraba a la novia de manos del padre de ella. La violación empezó a considerarse un delito inicialmente debido a que era una transgresión de la propiedad de otro hombre. Al hombre que había dañado a la propiedad (la esposa) de otro varón se le castigaba a través de la violación. Con frecuencia, a la mujer violada también se le castigaba, tildándola de adúltera, independientemente de su falta de complicidad en la agresión. Por ejemplo, a las mujeres de la antigüedad hebrea violadas se les consideraba profanadas y por ello, se les apedreaba hasta morir. A lo largo de la historia inglesa, el castigo por violación incluía la castración o la muerte del violador.

Sin embargo, para recibir algún tipo de justicia legal, la víctima tenía que haber nacido dentro de las clases privilegiadas: “… Si un integrante de la clase feudal cometía sus delitos contra cualquier persona distinta al rey o un gran señor feudal, no corría grave riesgo de ser enjuiciado o castigado”, escribió Sidney Painter en History of the Middle Ages. Antes del siglo XIII, una mujer violada debía ser una virgen rica y propietaria para poder tener algún recurso legal en contra de su agresor.

A finales del siglo XIII, las leyes inglesas se reescribieron para imponer la pena de muerte sobre cualquier hombre que violara a una mujer soltera o casada (excepto a su propia esposa). Pese a que esta ley rara vez se hacía cumplir, fue una de las primeras leyes que hizo de la violación de cualquier mujer un delito.

A finales de los años 1700, en los Estados Unidos, las mujeres, casi que una por una, reconocieron la falta de poder de las mujeres ante la dominación de los hombres en las instituciones educativas, sociales, políticas y económicas de esta nación incipiente.

Mary Wollstonecraft escribió The Vindication of the Rights of Women (La reivindicación de los derechos de las mujeres) en 1790. Wollstonecraft reconocía la falta de educación contemporánea para las jóvenes y la impotencia de las mujeres en matrimonios infelices. Ella ridiculizaba el concepto de las mujeres como dóciles y modestas; como atractivos y superficiales juguetes para los hombres. Sostenía que las mujeres debían ser iguales a sus esposos. Por primera vez, una mujer expresó en palabras la experiencia y percepción de muchas otras mujeres. Esas palabras sirvieron como una fuerza galvanizadora.

El concepto de las mujeres “galvanizándose como fuerza” comenzó con el movimiento en contra de la esclavitud. Las hermanas Grimke, Angelina y Sarah, fueron unas de las primeras activistas en el movimiento en contra de la esclavitud durante los años 1830. Nacieron en una familia con esclavos, pero rechazaron a su familia y se unieron a los cuáqueros, quienes eran notables abolicionistas. Publicaron una carta en el periódico contra la esclavitud y luego hicieron recorridos dando charlas en contra de la esclavitud y defendiendo los derechos de las mujeres.  El trabajo dentro del movimiento contra la esclavitud lanzó a las mujeres al ámbito del activismo político y estos esfuerzos les dieron a las mujeres un foro para hablar acerca de la injusticia y reconocer las similitudes entre las vidas de todas las mujeres.

La Convención sobre derechos de la mujer de 1848 se apuntaló porque los hombres trataron de silenciar a las mujeres durante una conferencia contra la esclavitud que se había realizado previamente. La Convención de 1848 representó el primer esfuerzo importante a nivel nacional de organización popular en torno a los derechos de las mujeres. Esta convención surgió del movimiento abolicionista, el cual las enseñó a organizarse, publicitar y ejecutar una protesta política. Elizabeth Cady Stanton, Susan B. Anthony, Lucy Stone y Lucretia Mott se consideran entre las madres fundadoras de los inicios del movimiento feminista. También fueron abolicionistas que tenían la convicción general de que, de cierto modo, las mujeres también eran esclavas.

Más de 200 mujeres acudieron a la convención. Allí, las delegadas aprobaron la Declaración de sentimientos, redactada como la Declaración de independencia, haciendo un llamado a las mujeres a que se organizaran y exigieran sus derechos.  El derecho al voto se aprobó por un margen estrecho y fue algo bastante controversial, además de un reflejo del racismo tan predominante en esos momentos (y ahora); trágicamente, a las mujeres de color se les excluyó del derecho al voto. Esa decisión, entre otras, generaron una fractura entre las mujeres blancas y las mujeres de color, que aún perdura hasta nuestros días.


Intersección entre la raza y el género

Sojourner Truth vinculaba los temas de las mujeres con la raza. Hablaba del papel que jugaron las mujeres negras en la lucha por los derechos de la mujer durante su famoso discurso, “Ain’t I a woman? (¿Acaso no soy mujer, también?)”.

En 1866, cuando ocurrieron los disturbios de Memphis, el Congreso sostuvo audiencias acerca del caos y la brutalidad durante los disturbios. Las mujeres negras rindieron testimonio ante el Congreso acerca de cómo una muchedumbre de blancos las había violado. Estas mujeres fueron, quizá, las primeras mujeres en romper el silencio en torno a la violación.

El tema de la violación, la raza, las mujeres y la esclavitud también se trató en un caso importante ante la Corte Suprema, Missouri vs. Celia, en 1885. El fallo, por supuesto, fue totalmente indignante: una mujer negra esclavizada fue declarada propiedad de su amo, sin derecho a defenderse contra la violación que él cometió. Una década después, la Asociación por la Igualdad de Derechos se convirtió en la primera organización en los Estados Unidos en abogar a favor de que las mujeres tuvieran el derecho al voto en todo el país.

Durante los años posteriores a la Guerra Civil, las mujeres líderes empezaron a captar cada vez más atención a medida que los sistemas de transporte y comunicación fueron mejorando. En 1872, Susan B. Anthony, junto con catorce mujeres más, trató de inscribirse para votar; la arrestaron y se rehusó pagar la multa de $100. Ese mismo año, se presentó la enmienda Susan B. Anthony, que le concedía el derecho al voto a las mujeres, ante el Congreso. Ida B. Wells-Barnett también fue una activista negra notable a finales del siglo XIX. Su campaña contra los linchamientos motivó a cada vez más afroamericanos a que alzaran la voz sobre los horrores del racismo y la segregación.

A principios de los 1900, las mujeres ya estaban replanteando sus roles como esposas, madres y amas de casa. Emma Goldman empezó a escribir y a hablar acerca de los asuntos reproductivos de las mujeres y en 1916, Margaret Sanger abrió la primera clínica de control de natalidad en Brooklyn, Nueva York.

En el año 1920, las mujeres obtuvieron el derecho al voto con la promulgación de la décima novena enmienda. Con nuevos derechos, un mayor énfasis sobre la educación y enormes avances mecánicos y tecnológicos, florecieron las oportunidades de empleo para las mujeres. No fue ninguna sorpresa que las mujeres se unieran masivamente a la fuerza laboral durante la II Guerra Mundial y que más de 400 mil mujeres se unieran al ejército.


La segunda ola

La segunda ola de activismo entre las mujeres inició con el movimiento por los derechos civiles en los años 1950 y el movimiento estudiantil por la libertad de expresión de los años 1960. El movimiento por los derechos civiles, a través de la inspiración y el trabajo de mujeres como Rosa Parks y Fannie Lou Hamer, generó la esperanza de que grupos de ciudadanos comprometidos sí pueden luchar contra las injusticias y la violencia institucionalizada y así obtener una igualdad de derechos. Otros movimientos por el cambio social de la fecha incluyeron: el movimiento obrero, el movimiento pacifista y antiguerra de Vietnam. El bestseller de Betty Friedan, The Feminine Mystique, vendió millones de copias y sentó las bases para el movimiento feminista moderno. Desde los primeros grupos de concientización hasta el establecimiento de programas de estudios de la Mujer en universidades, las voces, experiencias y realidades de las mujeres se incorporaron al debate público sobre los cambios radicales en la estructura de poder de las instituciones y relaciones. El movimiento anti-violación no se materializó de la nada.

El movimiento anti-violación de los 1970 se planteaba cambiar el mundo, pues no había otra opción. Era algo que se debía hacer para que las mujeres pudieran sobrevivir.

Imagínense cómo era la vida de las mujeres antes de los años 1970:

  • La Asociación de mujeres indígenas norteamericanas no existía; la publicación Off Our Backs jamás se había publicado; no había ninguna condena pública de la violación;
  • No existían los centros de crisis por violación;
  • No existían los refugios para mujeres maltratadas; la revista MS no se había publicado;
  • No existía la Asociación nacional de estudios sobre la mujer;
  • Las mujeres no podían marchar en la banda marcial de la Universidad de Minnesota; el aborto no era legal en los Estados Unidos;
  • Las niñas no podían jugar béisbol en las pequeñas ligas; no se escuchaba nada de Olivia Records;
  • Jamás se había organizado una conferencia nacional feminista de lesbianas; las mujeres ganaban menos de 59 centavos por cada dólar que ganaban los hombres;
  • El básquetbol femenino no era un evento olímpico;
  • No existían ni la Asociación nacional de mujeres negras profesionales ni la Alianza nacional de feministas negras;
  • La Coalición nacional contra la agresión sexual estaba a 9 años de su fundación; y la organización Hermanas de color contra la agresión sexual estaba a 32 años de su fundación.

En 1970, la vida de las mujeres iba dar un giro sin precedentes ante la imagen y rol tradicional de la mujer estadounidense. En los años 1950 y 60, las necesidades económicas de las familias impulsaron a muchas mujeres que habían trabajado durante los años de la guerra a volver a la fuerza laboral. Se volvió más aceptable en la sociedad que las mujeres desempeñaran un empleo. Al mismo tiempo, el incipiente movimiento femenino elevó el tema del “estatus de segunda clase” de las mujeres, es decir, el hecho de que las mujeres fuesen

relegadas a los roles sociales y de trabajo menos valorados, menos rentables, menos diversos y externos a los papeles de poder y toma de decisiones controlados por los hombres, y desproporcionadamente, hombres blancos. Mientras cada vez más mujeres empezaron a trabajar fuera de la casa y a buscar oportunidades educativas más allá de la preparatoria, las mujeres cambiaron para siempre la definición de la sociedad en términos de roles de género y nuestra mentalidad respecto al valor de la vida de las mujeres.

Todos estos cambios sentaron las bases para el cambio: nuevas reglas en torno a la toma de decisiones, el poder y la autoridad. Las mujeres se dieron a sí mismas y a sus compañeras el permiso y el apoyo para arriesgar la relación más íntima y unilateral que conocíamos: nuestra relación con los hombres. Bien sea que estuviésemos casadas con hombres, compartiendo una vida en pareja con hombres, esperando estarlo alguna vez en la vida, o por reiterada vez, o que no estuviésemos interesadas en los hombres como pareja, sabíamos que revelar nuestro dolor, nuestra alegría, nuestra frustración, nuestra satisfacción, nuestra ambivalencia en torno a los hombres sería la parte más difícil de este trabajo.

Las mujeres sabían, debido a la historia, que, con el tiempo, los hombres cederían ante algunas cosas: el derecho a trabajar, mejores condiciones de trabajo, el derecho al voto, licencias para conducir, admisión a asociaciones profesionales, e incluso el divorcio. Pero, las mujeres nunca habían exigido, como movimiento, que se cambiaran los roles de género y que las expectativas y los límites de las conductas dentro de esos roles los definieran las mujeres, hoy y siempre. Como dijo Gloria Steinem:

En nuestras diversas maneras, estábamos descubriendo mutuamente el secreto de esta tierra de oportunidades. Si no naciste blanco y hombre en Estados Unidos, la probabilidad estadística era que tu existencia terminaría desempeñando un rol de apoyo para los hombres blancos… [las mujeres] se dieron cuenta de que compartían problemas, como mujeres, y que tenían que apoyarse mutuamente para lograr obtener algún poder en lo absoluto. En términos de derechos de expresión sexual y libertad reproductiva, las mujeres finalmente descubrieron que todas nosotras corríamos peligro cuando se le negaba el derecho a un grupo en particular2.

La Organización Nacional de Mujeres (NOW, por sus siglas en inglés) había hecho presión para incorporar a las mujeres “a plenitud en los espacios convencionales de la sociedad estadounidense”.  Las prioridades de NOW se enfocaban en la reproducción, igualdad en los salarios, cuidado infantil, trabajo en casa y la sexualidad (que no se debe confundir con orientación sexual).

Tenemos una deuda de gratitud con las primeras mujeres reformistas y también debemos reconocer que, para finales de los 1960, el movimiento feminista aún no había reconocido ni analizado el impacto de la violencia interpersonal en la vida de las mujeres.


El movimiento anti-violación

El trabajo que se tenía que hacer para poner fin a la violación de mujeres y sacarnos de la brutalidad física, psicológica e institucional de la condición de ciudadanas de segunda clase quedó en evidencia cuando las mujeres hablaron públicamente acerca de cómo la violación afectaba sus vidas cotidianas. En enero de 1971, las Feministas radicales de Nueva York organizaron un evento para alzar la voz contra la violación en la Iglesia St. Clement en la ciudad de Nueva York. Nadie publicó lo que expresaron las mujeres esa noche, pero imagino que los testimonios eran las mismas historias dolorosas, desgarradoras y atemorizantes que escuchamos 35 años más tarde. Desde ese momento en adelante, los intercesores de víctimas de violación supieron que eran necesarios cambios fundamentales.

Quizá el análisis más profundo que hicieron estas feministas fue declarar que lo privado no está aparte de lo social ni lo político. El movimiento anti-violación encarnaba este análisis, de acuerdo con lo que refleja la declaración de propósitos de la organización de Mujeres contra la violación en Chicago (1970):

La violación, de forma violenta, refleja el sexismo en una sociedad donde el poder no está distribuido equitativamente entre las mujeres y los hombres, entre blancos y negros, pobres y ricos… En la violación, la mujer no es un ser sexual, sino más bien un artículo vulnerable de propiedad pública; el hombre no viola las normas de la sociedad, sino que las lleva a su conclusión lógica3.

Mujeres contra la violación
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El movimiento anti-violación escuchó lo que decían las sobrevivientes. Las sobrevivientes nombraron a aquellos que las culparon por la violación: oficiales de policía, fiscales, novios, amigos, autores, estudiosos del derecho, periodistas, deportistas, familiares, casi todos los que se enteraban de lo que les había pasado.

La violación de Joan Little en agosto de 1974 por parte de un guardia en la cárcel del condado Beaufort en Carolina del Norte saturó el enfoque público sobre el horror y el terror de la violación. Clarence Alligood, un carcelero blanco, atacó a Joan Little, una presa negra, en la cárcel del condado Beaufort. Joan logró escapar de su violador, lo mató con un picahielos que él había llevado a la celda de ella y luego se fugó de la cárcel. La atraparon y la acusaron de asesinato; Angela Davis lideró el clamor nacional para exigir justicia en el caso de Joan Little. Joan, sus abogados, Angela Davis y el apoyo público vencieron. Un jurado absolvió a Joan Little del asesinato de Clarence Alligood. Como dijo tan elocuentemente Angela Davis antes del juicio de Joan:

Todos los que se perciben como integrantes de la comunidad de lucha a favor de la
justicia, igualdad y progreso tienen una responsabilidad para con Joan Little. Aquellos que somos hombres y mujeres negros o personas de color debemos entender la conexión entre el racismo y el sexismo que se manifiesta de forma tan impresionante en su caso. Aquellos que somos blancos y mujeres debemos entender el tema de la supremacía masculina en relación con el racismo y el prejuicio de clases, que complican y exacerban este asunto.
 
Debemos procurar que el hilo conductor de todos los aspectos de esta campaña sea la unidad.  Nuestra capacidad de lograr unidad podría hacer la diferencia entre la vida y la muerte para nuestra hermana, Joan. Forjemos, entonces, entre nosotros y nuestros movimientos, una fortaleza indivisible y con ella, pongamos fin y aplastemos la conspiración en contra de la vida de Joan Little4.

Respuesta ante una necesidad

El movimiento anti-violación organizó convocatorias públicas, foros y distribuyó materiales de lectura y hojas informativas corrigiendo las mentiras y mitos, tratando desesperadamente de que la culpa cayera en su lugar: el violador. El movimiento anti-violación escuchaba mientras las sobrevivientes valientemente divulgaban la violación sexual que vivieron, a manos de hombres, a veces conocidos y a veces no.  En algunas ocasiones, eran incidentes que habían sucedido hace tiempo, otras veces, habían sucedido la noche anterior. Dijeron que no tenían con quién hablar acerca de lo que les pasó. Dijeron que querían ir al hospital, pero temían que se multiplicara su humillación y que se ignorara el origen de sus lesiones. Nunca consideraron acudir a la estación de policía. Estas mujeres dijeron que se debía crear algo, no para ellas, dijeron, pues ya era demasiado tarde. Pero, querían atender un teléfono en medio de la noche para ayudar a ahuyentar la pesadilla de alguien y querían hablar con personal de enfermería y doctores acerca de cómo tratar a una víctima de violación de manera diferente a cualquier paciente proveniente de la sala de emergencias. Además, querían hablar con los adolescentes y universitarios y todas las mujeres de la comunidad acerca de cómo evitar la violación.  Algunos de ellos dijeron que querían enseñarle a la policía cómo responder ante una víctima de violación, cómo entrevistarla y entender que las mujeres no inventan estas cosas para meter a alguien más en problemas. Muchos de los sobrevivientes dijeron que querían alzarse en la calle o en el aula de clases o en televisión o en el Congreso o en cualquier lugar para informarles a las personas que la violación es un tema de control de los hombres sobre las mujeres; que los hombres violan porque creen que tienen el derecho a violar y creen que se saldrán con la suya; son los hombres que violan los que creen que son dueños del cuerpo de la víctima. Los sobrevivientes se estaban convirtiendo en activistas.

Como dijo Sandra Butler en un discurso en el año 1996 ante la Coalición Nacional Contra la Agresión sexual:

Vimos lo que necesitábamos y lo creamos, fue así de simple. Nadie sabía cómo crear un centro de crisis por violación, ni como negociar un colectivo modificado, desarrollar intervenciones ante crisis para adolescentes abusados, crear grupos de apoyo continuo para mujeres adultas, involucrar al sistema judicial penal como un aliado en el esfuerzo de involucrar a las mujeres en la búsqueda de justicia en instituciones tradicionales. Nadie había aprendido cómo crear un protocolo para examinar a un menor abusado sexualmente. Nadie. Éramos nosotras. Simplemente seguíamos desempeñándonos con cautela, creando las cosas a medida que avanzábamos5.

Las sobrevivientes (y las mujeres y hombres que las apoyaban) dijeron: si la autoridad, poder y privilegio de los hombres se redistribuyera para que las mujeres tuvieran una cuota equitativa de esa autoridad, la violación desaparecería. El razonamiento era (y sigue siendo) que una persona que respeta a otra como su igual, no la va a violar. El análisis social y político de cómo la dominación se basa en las relaciones sociales donde existe una desigualdad de poder no se puede separar del trabajo de los centros de crisis por violación, al igual que el análisis de la pobreza tampoco se puede separar de las metas de la educación. Entender por qué ocurren las violaciones es una parte integral de cómo poner fin y cómo sanarse de la violación.

Durante casi 35 años, el movimiento anti-violación ha trabajado para superar concepciones erradas acerca del origen y la naturaleza de la agresión sexual, el prejuicio contra las víctimas y los estereotipos acerca de los agresores. Hemos insistido que las víctimas “no lo están pidiendo” a través de vestimenta o conductas provocativas. Hemos afirmado que una mujer adulta violada por su esposo o por alguien a quien conoce merece la misma justicia y apoyo que la menor violada por un desconocido. Además, hemos dicho clara y rotundamente que solo en raras ocasiones, sumamente raras, sucede que una víctima haga una denuncia falsa de violación.  Hemos insistido que la persona que viola no necesariamente está ni loco, ni desquiciado ni tiene una enfermedad mental. Simplemente son hombres que creen que tienen el derecho de controlar a una mujer o adultos que creen que tienen el derecho de controlar a un menor.

Los objetivos del movimiento anti-violación han cambiado muy poco durante los últimos 35 años. Desde 1971-72, los trabajadores que atienden crisis por violación establecieron líneas de

crisis que funcionaban 24 horas al día, realizaron programas de capacitación y educación para la prevención, crearon miles de folletos, ofrecieron clases de defensa personal, organizaron y participaron en eventos y marchas de “Recuperar la noche” (Take Back the Night) y dedicaron miles de horas a ayudar a víctimas devastadas por la violación.

Los trabajadores de crisis por violación abogaron a favor (y lo siguen haciendo) de reformas legislativas; insistieron (y siguen insistiendo) que la policía aumente sus tasas de arrestos; exigieron (y siguen exigiendo) privacidad para las víctimas de violación en salas de emergencia e instaron (y lo siguen haciendo) a los fiscales a que cambien sus procedimientos de negociación de acuerdos con la fiscalía.

Nadie había aprendido en sus entornos formales, ni en conferencias profesionales, ni en los medios de comunicación cómo llevar a cabo el trabajo anti-violación. Pero, una vez que los sobrevivientes rompieron el silencio sobre el horror que es una violación, las mujeres y los hombres que las apoyaban, dedicaron sus mentes, corazones, tiempo y dinero a construir y mantener organizaciones que ganaron victorias revolucionarias. Estas organizaciones, los centros de crisis por violación y las coaliciones estatales cambiaron prácticas en los hospitales, departamentos de policía, tribunales y dentro del campo de la psiquiatría. Lo más importante fue que las mujeres se ayudaron mutuamente a protegerse de la transgresión emocional y física ocasionada por una violación.

Mientras el movimiento anti-violación cobraba impulso, quedó claro que este era un nuevo campo de trabajo.

Los sobrevivientes y sus intercesores crearon centros de crisis por violación para llenar un vacío, con una definición y propósito distinto al de la salud mental tradicional, salud pública o servicios sociales. Con su misión de cambio social, igualdad entre hombres y mujeres, además de su principio fundamental de servicios centrados en las víctimas, el movimiento contra la violación empezó a ofrecer un nuevo modelo de políticas institucionales y sanación individual. Con cada nuevo logro, este modelo fue ganando cada vez más reconocimiento y credibilidad.

Los esfuerzos conjuntos de los movimientos por los derechos y la liberación de la mujer, así como el movimiento contra la violación generaron cambios sistémicos; hubo múltiples ocasiones para celebrar victorias legislativas. Se crearon leyes para estandarizar la toma de pruebas médicas en las salas de emergencia. La ley “escudo ante la violación” hizo que el historial sexual de una víctima fuese irrelevante durante un juicio, mientras que los estados cambiaron significativamente las leyes en torno a los delitos sexuales, logrando la neutralidad del género y creando una escala de delitos sexuales para dejar de suavizar la brutalidad de la violación al denominarla “agresión”. Los estados y el Congreso autorizaron nuevas categorías de fondos para servicios para víctimas. La ley de víctimas de delitos de 1985 y la Ley sobre la violencia contra la mujer de 1994 cambiaron dramáticamente la cantidad de empleados a tiempo completo en los centros de crisis por violación en los Estados Unidos.  Posteriormente, la cantidad de víctimas y la mayor visibilidad y viabilidad de los centros de crisis por violación en las comunidades ha aumentado notablemente.

Al establecer los hechos sobre la violación, los sobrevivientes y sus asesores educaron a la comunidad y a los profesionales acerca del impacto de la violación en la vida de la víctima. Aparte de las jerarquías interpersonales, sociales y políticas que perpetúan la cultura de la violación, el incidente de violación en sí es el acto más denigrante, degradante y humillante que un ser humano puede realizar contra otro, aparte del asesinato. Esto es porque se trata de la pérdida del control, del sentido de soberanía y poder sobre la única cosa que es tuya y de nadie más: tu cuerpo.

El asesoramiento que se desarrolló en los centros de crisis por violación se enfocaba (y se sigue enfocando) en la capacidad de la víctima y su derecho de recuperar el control sobre su cuerpo y las decisiones que afectan su vida. La víctima determina el momento y el ritmo en que relatará su experiencia. Solo la víctima decide si va a denunciar la violación ante las autoridades policiales y, si se recomienda que se levanten cargos, la víctima decide si tomará las medidas para que se enjuicie al agresor. La víctima dirige el curso de su recuperación. El personal de los centros de crisis por violación está allí para apoyar su decisión y facilitar su recuperación.

Los servicios ante la crisis por violación son la base para cambiar las actitudes del público en torno a la violación y los sobrevivientes. Hemos divulgado que la violencia se usa para mantener poder y control sobre las mujeres y los niños. Hemos informado al mundo que la vergüenza y la culpa en un incidente de violación corresponden al agresor y no la víctima; hemos demostrado que las mujeres pueden ayudarse mutuamente; hemos demostrado que el feminismo puede redefinir las relaciones interpersonales y las prácticas institucionales.

Hemos luchado mucho para cambiar, no solo el sexismo inherente en nuestras relaciones personales e institucionales, sino también el racismo y el clasismo que penetran las creencias y actitudes acerca de las personas de color y las personas pobres. Susan Schechter escribió en su libro Mujeres y la violencia de los varones:

En los materiales contra la violación existe el reconocimiento de que el sistema a veces ayuda a las víctimas “legítimas”: es decir, mujeres blancas, casadas, que se enfrentaron a su violador [desconocido] y sufrieron lesiones visibles. Otras víctimas, como las mujeres de color, las mujeres pobres, solteras, las que se atrevieron a estar en la calle tomando alcohol o caminando tarde por la noche, las prostitutas, las mujeres violadas por jueces o doctores, jamás recibirían ayuda de manera congruente. Además, el uso racista de la acusación de violación, que ayudó a los blancos a brutalizar a la comunidad negra, nunca cesaría sin una gran transformación social. “¿Cómo exactamente se erradicaría la violación?” siguió siendo una pregunta difícil. Las profundas luchas sociales tendrían que atacar el sexismo, racismo y dominación de clases presentes en nuestra sociedad para poder acabar con la violación6.

El movimiento contra la violación, liderado por los sobrevivientes y los centros de crisis por violación, nunca han perdido de vista sus inicios. El movimiento anti-violación ha cobrado fuerza e integridad a medida que fue descubriendo la conexión entre lo personal y lo político. Con el fin de poder combinar el conocimiento de primera mano que poseen las personas que trabajan contra la violación, junto con la necesidad de crear un foro nacional para el intercambio y generación de nuevas ideas acerca de las necesidades de los sobrevivientes de violación, se estableció la Coalición nacional contra la agresión sexual (NCASA, por sus siglas en inglés) en 1978. Desde sus inicios, NCASA fue una firme defensora a favor de políticas públicas, recursos y colaboraciones para mejorar la vida de las víctimas de agresión sexual.

NCASA patrocinó una conferencia nacional anual durante diecinueve años para proporcionar capacitación y desarrollo profesional ejemplar a los trabajadores del movimiento contra la agresión sexual. NCASA trabajó diligente y creativamente para mantener una red nacional de servicios para víctimas de agresión sexual.

A lo largo de los años, ha habido cambios en la prestación de servicios en los centros de crisis por violación y su visibilidad como líderes para el cambio social en sus comunidades.  Es difícil medir con precisión la magnitud y generalización de ese cambio. Sin embargo, los centros de crisis por violación se han visto obligados a crear asesoramiento y servicios de terapia con conciencia del trauma para atender los asuntos cada vez más complejos que presentan los sobrevivientes de violación.  En muchos casos, los asesores capacitados en facultades tradicionales de trabajo social, psicología o asesoramiento no han aprendido sobre el análisis político de cómo la violación es una consecuencia natural de la relación históricamente desigual entre las mujeres y los hombres. En el caso de un trabajador social o asesor que no conozca bien los orígenes de la violación y su impacto en la vida de una mujer, los indicadores

emotivos y psicológicos más obvios pueden distraer al asesor de poder ver la naturaleza devastadora y perniciosa de la violación. Por ejemplo, hay mujeres que acuden al uso de drogas o alcohol para sobrellevar el dolor ocasionado por la violación. Si no entendemos, no validamos ni tenemos empatía ante el trauma de una violación, identificaremos al alcohol o la cocaína como el asunto más grave o el único problema en la vida de una mujer. Esto nos distraerá de cómo llevar a cabo un asesoramiento centrado en la víctima sobre el impacto de la violación.

Las crecientes cifras de sobrevivientes que vemos y la complejidad cada vez mayor de las dificultades que enfrentan componen la otra razón, igual de importante, por la cual existimos: eliminar la desigualdad en donde sea que la veamos. La violación es la amenaza, intimidación y conducta violenta de una persona contra otra. La violación es el uso indebido del poder; la violación es la imposición del control y la dominación. Es la razón por la cual los hombres principalmente violan a las mujeres y los adultos a los niños, no viceversa. La desigualdad es la razón por la cual las personas blancas tienen más posibilidades de avanzar en esta cultura que las personas de color. La desigualdad es la razón por la cual los ricos no solo viven mejor, sino que viven más tiempo que los pobres, lo que les permite agotar los recursos del mundo. Hasta que se enfrente y erradique la desigualdad, seguiremos teniendo centros de crisis por violación abrumados con las necesidades particulares, complejas y espantosamente dolorosas de aquellos que no tienen otro lugar a dónde ir. Hasta que se enfrente y erradique la desigualdad, seguiremos teniendo centros de crisis por violación sin suficientes empleados de color, donde no acudirán las comunidades de color. Debemos reconocer, alzar la voz y permanecer firmes en cuanto a las consecuencias devastadoras de la desigualdad donde sea que la veamos. Con el racismo, con la violación, con cualquier forma de opresión, cuando hablamos y actuamos con integridad, generamos cambios.

Nuestra lucha por fomentar cambios a través de nuestro trabajo es continua. Contar con los fondos adecuados para realizar este trabajo, mantener la presencia de servicios centrados en la víctima y potenciar los cambios sociales en nuestras comunidades se complica a menudo debido a ese recurso tan necesario y elusivo: el dinero.

La primera asignación federal de fondos para servicios de prevención y crisis por violación se distribuyó a los centros contra la agresión sexual en 1982, a través de la subvención global para servicios preventivos y de salud (Preventive Health and Health Services Block Grant, en inglés). Esos fondos siguen siendo una base sólida del trabajo de respuesta ante las crisis por violación.

La asignación posterior de fondos a través de la Ley de víctimas de delitos y la Ley sobre la violencia contra la mujer permitió que los centros contrataran intercesores, asesores y educadores en prevención.

Luego de su promulgación por el Congreso, la Ley sobre la violencia contra la mujer (VAWA, por sus siglas en inglés) creó nuevas sanciones ante la violencia de género y estableció el Programa para la educación y prevención de violaciones (RPE, por sus siglas en inglés) que administran los Centros para el control y prevención de enfermedades (CDC, por sus siglas en inglés), así como las subvenciones S.T.O.P., administradas por el Departamento de Justicia. La ley se optimizó y reautorizó en los años 2000 y 2006.

El RPE brinda apoyo a los programas de educación y prevención de la violación en todos los 50 estados, el distrito de Columbia, Puerto Rico y otros territorios estadounidenses. Los CDC distribuyen casi $44 millones de dólares, lo cual es menor a $1 millón de dólares por cada región al dividir la cantidad entre todos los estados, territorios y el Distrito de Columbia. Obviamente, $44 millones de dólares no son suficiente para propulsar la prevención de la violación en los Estados Unidos hoy en día.

Los programas de concientización y prevención, piedras fundacionales de los programas RPE, se implementan en una variedad de entornos. Los centros de crisis por agresión sexual llevan a cabo programas en entornos dentro y fuera de la escuela con jóvenes, instituciones de fe y organizaciones comunitarias. Muchos subvencionados del RPE se enfocan en programas que fomentan las relaciones saludables y el cambio de las normas sociales que permiten la violación.

El programa RPE también brinda apoyo esencial a las líneas directas estatales y locales para atender a víctimas de agresión sexual. Estas líneas directas proporcionan intervención ante la crisis, referencias a recursos comunitarios e información sobre la violencia sexual, 24 horas al día. En 2004, las líneas directas financiadas por el RPE recibieron más de 400,098 llamadas. Las líneas directas les proporcionan a las víctimas un vínculo vital a los servicios: la llamada a la línea directa quizá sea la primera vez que la persona está divulgando lo que le sucedió; una llamada de crisis puede generarse durante un recuerdo recurrente de una agresión ocurrida hace tiempo; poder ser alguien que llama para pedir que un intercesor se acerque al hospital o cualquier otra solicitud de apoyo o información inmediata.

La ley VAWA ha marcado una diferencia. El programa RPE ha marcado una diferencia.  El programa RPE ha impulsado la prevención al frente de nuestro trabajo en los centros de

crisis. El enfoque ha cambiado: no es cuestión de enseñar a las mujeres y a las niñas cómo protegerse. Hemos retornado a nuestras raíces: nos enfocamos en el cambio social, en fomentar la responsabilidad que tienen los hombres en poner fin a la violación, en desmantelar las actitudes y conductas asociadas que afirman que está bien que los hombres exploten sexualmente y violen a las mujeres y a los niños.  Este es un cambio real… un cambio que marcará una diferencia. Ahora, el gobierno asigna fondos para brindar apoyo a ese cambio: para ayudarnos a erradicar el sexismo, racismo y la cultura de la violación en la que vivimos. Hemos avanzado mucho. Pero aún así, nos queda mucho por recorrer.

Veo varios objetivos claros para el futuro del movimiento anti-violación.

Un objetivo para nuestro futuro es que los centros de crisis por violación se acoplen al movimiento, que conserven su voz particular, su filosofía y la pasión que encendió esa chispa al principio. Los centros de crisis por violación y las coaliciones estatales deben desafiar a los gobiernos y a los financistas para que recuerden quiénes fundaron este movimiento: las víctimas. Además, hay que recordar por qué lo iniciaron: tenían que decir su verdad y exigir que se satisficieran sus necesidades y estaban cansadas de quedarse calladas, de que las patologizaran, las medicaran y las marginaran.

A medida que profesionalizamos y estandarizamos nuestros servicios (lo cual es bueno, por cierto), debemos cuidar el corazón del movimiento, que es escuchar la historia de cada víctima, apoyar a cada sobreviviente mientras evalúa sus opciones y avanza con determinación; afirmar ante la comunidad que los hombres deben poner fin a la violación de mujeres y hombres y los adultos deben poner fin a la violación de los niños. Este desafío invita a los hombres a alzarse en contra de la violación y el sexismo, a exigir que los hombres rindan cuentas, a demandar justicia y seguridad para todas las mujeres y niños, a apoyar a los servicios de crisis y prevención de todos los centros de crisis, con su dinero, su tiempo y su conciencia.

Otro objetivo para nuestro futuro es ampliar nuestra visión y servicios. Debemos aumentar nuestro alcance a las víctimas y comunidades que han quedado desatendidas por mucho tiempo: las personas de color, las personas con discapacidades, las personas que no hablan inglés, los adultos mayores y aquellas personas cuya orientación o identidad sexual no se

adapta a los estándares tradicionales heterosexuales/de hombres/mujeres. Debemos crear y mejorar los modelos de trabajo para atender a esas poblaciones. Ese trabajo comienza por hacer que nuestros centros reflejen mejor a todos en la comunidad. Los empleados, la junta directiva y los voluntarios de los centros de crisis deben reflejar las poblaciones que atienden y deben desarrollar sus habilidades para prestar servicios a estas poblaciones.

Un objetivo adicional nos lleva al mundo de la industria carnal. Hemos estado conscientes por bastante tiempo de que la cultura de la pornografía respalda a la cultura de la violación y que la prostitución y la trata sexual están estrechamente relacionadas con el sometimiento sexual de la mujer. Debemos utilizar estos conocimientos para responder a las personas cosificadas, prostituidas, secuestradas, capturadas, por medio de amenazas económicas, coerción o por la fuerza.  Debemos empezar a establecer la red de servicios y prevención para atender a estas víctimas de explotación sexual comercial y debemos prevenir estos abusos y la cultura de la violación que magnifican. Esto tomará más recursos, investigación, más aprendizaje, instrucción y desarrollo de modelos que aún ni podemos imaginar. Creamos todos los servicios que existen en la actualidad y tenemos este nuevo tipo de trabajo entre nosotros.

A lo largo de toda nuestra trayectoria hacia estos objetivos, debemos enfocarnos simultáneamente en la eliminación del racismo en esta sociedad. La inmoralidad, injusticia y la letalidad del racismo es inseparable de la inmoralidad, injusticia y letalidad del sexismo que perpetúa la violación. Nunca hemos hecho las cosas totalmente bien desde el principio. Déjenme darles un ejemplo del racismo que oprime a las personas afroamericanas en este país y cómo este sirvió (y sigue sirviendo) para socavar nuestros esfuerzos para brindar igualdad y seguridad a la vida de todos.

La violación impune de mujeres negras por parte de amos blancos y otros hombres blancos durante la esclavitud y durante el siglo XIV y principios del XX, además de los brutales linchamientos de hombres negros basados en acusaciones falsas de violación han afectado profundamente al movimiento anti-violación. Desde los inicios del movimiento anti-violación, las mujeres que alzaron la voz con respecto a la violación exigieron más y mejor aplicación de la ley para mejorar la detención y arresto de los violadores; exigieron enjuiciamiento y sanciones graves para el violador. Esta postura de las víctimas, a favor de la ley y el orden, y de las feministas que las apoyaban en su lucha por la justicia iba en contra de la gran cantidad de afroamericanos que habían concientizado a Estados Unidos sobre la cifra desproporcionada de hombres negros en nuestras cárceles y prisiones, tanto en ese momento como durante gran parte de nuestra historia.

Como se mencionó anteriormente, muchas activistas mujeres en contra de la violación surgieron del movimiento por los derechos civiles, el movimiento por la libertad de expresión, el movimiento por la paz o el movimiento del poder negro. Muchas eran líderes en el nuevo movimiento feminista y estaban comprometidas a descubrir y cuestionar el racismo y la opresión presentes en todo Estados Unidos, reflejadas en nuestras leyes y en nuestro sistema de justicia penal. Las activistas blancas no consideraban que su trabajo en contra de la violación estaba contribuyendo a prácticas históricamente racistas, ni lo veían como menos importante que cualquier otra lucha por libertad y seguridad. Si bien es posible que ese punto de vista haya reflejado sus verdaderas intenciones y tal vez haya sido necesario para mantener la seriedad en el trabajo, le pasó factura al objetivo integral de libertad y seguridad para todos los estadounidenses oprimidos.

Las activistas afroamericanas se dieron cuenta rápidamente de la trayectoria de colisión en la que, sin querer, se encontraban los movimientos anti-sexismo y antirracismo. En el movimiento por los derechos civiles y el poder negro, las mujeres negras vieron oportunidades para que sus hermanos hombres, afroamericanos, salieran del estatus disminuido y de pobreza, impuesto por los blancos poderosos que le temían a la igualdad. Al mismo tiempo, las mujeres afroamericanas entendían el sexismo y sus prácticas, pero no podían rehusar el prometedor asenso de los hombres negros de ese estatus de ciudadanía de segunda clase. Ante las oportunidades de avance en los campos legal, político y económico que empezaron a surgir para los negros, las mujeres negras iban a estar allí para apoyar a los hombres negros.

Por razones a veces claras y a veces no, las cuales siempre generan grandes debates, estos magníficos movimientos por los derechos humanos terminaron divididos en vez de haber formado colaboraciones7.

Si bien creo que las mujeres de color y las mujeres blancas en el movimiento anti-violación han forjado colaboraciones de trabajo y amistades entre sí, como en algunos lugares en la fuerza laboral estadounidense, siguen allí las tensiones y el trabajo que queda por hacer entre las mujeres de color y las mujeres blancas, lo cual es una consecuencia de la historia de la esclavitud y la negativa de demasiados estadounidenses blancos en reconocer esas consecuencias y denunciar su impacto inmoral y divisivo.

La opresión es generalizada y nos perjudica a todos, aunque no de la misma manera. La experiencia del grupo oprimido es muy diferente. Estos grupos pueden hablar con precisión acerca de sus experiencias diarias de opresión: los gestos de desprecio, las humillaciones, amenazas, el miedo, las pérdidas y la degradación que se acumulan en la mente, espíritu, cuerpo y corazón de los oprimidos. Los que tienen privilegios no pueden contar esa misma historia, ni deben intentarlo. Más bien, aquellos que tengamos privilegios debemos conocer las realidades de este y cómo utilizarlo para fomentar la justicia.

Ninguno de nosotros inventó estas opresiones; heredamos un legado de hace siglos. Igualmente, heredamos el poder para cambiarlo. La anti-opresión pasiva no existe. O bien estamos trabajando proactivamente en contra de la opresión o estamos en complicidad para perpetuarla, permitiendo que continúe en nuestro nombre.

El movimiento anti-violación es un grupo de mujeres impresionante y, al igual que los Marines, con pocos, estamos logrando una diferencia. Dijimos que cambiaríamos el mundo y vemos suficiente luz al final del túnel para motivarnos a seguir avanzando.

Los mitos a los que nos aferramos son el obstáculo más significativo en la lucha contra la violencia sexual. No es suficiente que la profesión médica brinde atención médica adecuada y eficaz, además de servicios de recolección de pruebas. No es suficiente que la policía intervenga y entreviste a las víctimas de manera adecuada y eficaz. No es suficiente que los fiscales busquen encarecidamente enjuiciar a los delincuentes de manera adecuada y eficaz. No es suficiente que los jueces hagan juicios e impartan instrucciones a un jurado de manera

adecuada y eficaz. No es suficiente que el jurado, que podría estar compuesto por personas como tú o yo, decidamos veredictos de manera adecuada y eficaz. No es suficiente que los intercesores brinden apoyo y ayuda de manera adecuada y eficaz. Debemos hacer más con nuestros corazones y nuestras mentes. Debemos tener y compartir una profunda compasión por los sobrevivientes de agresión sexual y debemos esforzarnos por reemplazar los mitos en torno a la violación, las víctimas y quienes cometen uno de los delitos más horribles en la vida (aparte del asesinato) con verdades acerca del origen de la violación y su impacto sobre la víctima y nuestras comunidades.

Me encanta lo que escribieron Martha Burt, Janet Gornich y Karen Pittman en 1984. Escucha sus palabras. Hoy siguen vigentes:

Este trabajo nunca es fácil, ni en términos de tiempo ni del estrés psicológico de confrontar, una y otra vez, las realidades de la violación en esta cultura.  Además, en rara ocasión paga bien, si es que pagan este trabajo. Por eso, el hecho de que tantas personas sigan haciendo este trabajo es alentador. Lo asumimos como una señal de lo bien que las actividades políticas del movimiento feminista han logrado resaltar los temas en torno a la violación y ha galvanizado a muchas mujeres a que dediquen su energía a tratar de poner fin a la violación y atenuar sus consecuencias. Las actividades de muchos centros de crisis por violación se siguen guiando por la insistencia del movimiento en que la sociedad asuma alguna responsabilidad por cambiar los patrones que generan agresiones sexuales. En el caso de la mayoría de las mujeres que trabajan en centros de crisis por violación, sus actividades reflejan algún nivel de compromiso, a menudo un gran compromiso, con apoyar a las mujeres a ayudarse a sí mismas y a que surjan con mayor fortaleza luego de haber vivido una agresión.

Al reconocer y ampliar esta base de compromiso, los centros de crisis por violación podrían reevaluar su análisis feminista, mirar detenidamente sus expectativas y entendimiento y replantear sus metas en la comunidad, en sus centros y entre su personal.8
Martha Burt, Janet Gornich y Karen Pittman
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Podemos hacer de esta una nación más comprensiva y solidaria con los sobrevivientes de agresión sexual. Además, podemos trabajar juntos para erradicar la violación, y así poder decirle a la comunidad que ya no son necesarios los servicios de crisis por violación. Es la única opción que tenemos, ante la alternativa.


El texto “Una breve historia del movimiento anti-violación” se adaptó de un discurso en 2006 de Polly Poskin, directora ejecutiva de la Coalición contra la agresión sexual en Illinois.

Notas

  1. Brownmiller, Susan, Against Our Will. Simon and Schuster, 1975, pp. 17-18.
  2. Levine, Suzanne and Harriet Lyons, eds., The Decade of Women: A MS. History of the Seventies in Words and Pictures, Paragon Books, New York, 1980, p. 11.
  3. Schecter, Susan. Women and Male Violence: The Visions and Struggle of the Battered Women’s Movement. South End Press, Boston, 1982, p. 35.
  4. Davis, Angela. “Joan Little: The Dialectics of Rape.” Ms. Magazine, June 1975, p. 108.
  5. Butler, Sandra. “Looking Back, Moving Forward: A Celebration,” A speech to the National Coalition Against Sexual Assault Conference, San Francisco, CA, November 1996.
  6. Schecter, Susan. Women and Male Violence, p 38.
  7. While the words on pp. 49-52 are mine, I am grateful to Angela Davis for her original social/political analysis on this issue.
  8. Burt, Martha, Janet Gornich and Karen Pittman. “Feminism and Rape Crisis Centers,” A Research Paper, The Urban Institute, Washington, D.C., 1984, p. 23.